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LOF |
El aficionado neutral que en plena sobremesa se haya sentado
en el sofá a ver el Levante – Celta probablemente se haya quedado sin siesta. A
cambio, ha podido disfrutar de un partido de regusto dulce para el espectador y
amargo para los entrenadores. Uno de esos encuentros que se paladean desde
fuera y se sufren desde dentro. Espectacular, increíble, alocado, imprevisible,
caótico. Tuvo sustancia faltándole la esencia. Sólo Nolito encontró el camino
del gol cuando pudo haber una docena. 0-1 y no 5-7. Cosas del fútbol.
El preludio
prometía acción. Luis Enrique volvía a agitar su pizarra y regalaba una
alineación no ausente de sorpresas y cargada de sentido. Derivó en un baño
táctico a Caparrós durante la primera mitad. El asturiano introdujo centímetros
en la retaguardia con Íñigo López y Aurtenetxe, intensidad en el centro del
campo con Madinda y amplitud en banda con Nolito y Orellana. El dominio fue
total. Los celestes inutilizaron la ofensiva granota y desarbolaron
constantemente su sistema defensivo. En el sobresaliente general destacaron el
propio Nolito y Augusto Fernández. El primero, al nivel que se le exige. El
segundo, en plan estelar. Juntos fabricaron el gol que imponía cierta justicia
en el marcador.
Cierta porque el
descanso debió llegar con el partido liquidado. No fue así y el Levante regresó
de los vestuarios dispuesto a repetir el castigo del partido de ida. Durante 20
minutos invirtió la dinámica del choque y embotelló en su área a un Celta que
no había sabido sentenciar. La volea de Nolito y el paradón de Keylor Navas
iniciaron el contragolpe local que terminó con Barral estrellando un penalti en
el larguero. Fue el inicio de un correcalles sin fin con el propio Barral,
Nolito, Keylor y Yoel como grandes protagonistas. Demérito de los primeros o
acierto de los segundos. La cuestión es que el balón olió red pero no llegó a
catarla. Bueno para el Celta, malo para el corazón.
Al final, el caos
regaló un dulce desenlace. La victoria descansa ya en la mochila celeste. Una
más en un camino que ya empieza a ofrecer su conclusión. Con 33 puntos en su
haber, la permanencia semeja cada día más cerca. Dos victorias y algún que otro
empate podrían ser suficientes, empezando el viernes próximo con el Málaga. Pero
por encima de puntos y clasificaciones prevalecen las sensaciones que transmite
un equipo valiente, compacto, que sabe a lo que juega, cree en ello y lo
defiende hasta el final. Con 0-1 y tras sufrir lo indecible, el partido muere
en el área levantinista. Es la filosofía del Celta y de su entrenador, un tipo
peculiar, terco e imprevisible que por fin parece haber dado con la tecla que
llevaba persiguiendo desde el inicio de campeonato.
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